Oriente Medio es una región clave en la geopolítica mundial, no solo por su riqueza energética y su ubicación estratégica entre Europa, Asia y África, sino también por su compleja red de rivalidades internas. Uno de los principales ejes de tensión lo constituye el enfrentamiento entre dos bloques suníes con visiones opuestas sobre el papel del islam en la política y la sociedad: por un lado, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, y por el otro, Qatar y Turquía.

Arabia Saudita y Emiratos representan monarquías autoritarias con una visión conservadora del islam, que buscan mantener el control estatal sobre la religión y eliminar cualquier forma de islamismo político que cuestione su legitimidad. En cambio, Qatar y Turquía han respaldado movimientos islamistas como los Hermanos Musulmanes, que promueven una versión más participativa y movilizadora del islam, compatible con estructuras electorales pero con una fuerte carga religiosa en la vida pública.

El conflicto entre estos bloques se intensificó con el bloqueo impuesto a Qatar en 2017, liderado por Riad y Abu Dabi, que incluyó el cierre de fronteras, la suspensión de relaciones diplomáticas y presiones económicas. El objetivo era claro: forzar a Qatar a romper con los Hermanos Musulmanes y a alejarse de Turquía. Sin embargo, la estrategia fracasó. No solo no debilitó a Doha, sino que fortaleció su vínculo con Ankara.

Turquía respondió desplegando tropas en la base militar que había establecido en Qatar en 2015 y aceleró la cooperación militar, económica y diplomática entre ambos países. Entre 2018 y 2020, Doha canalizó más de 35.000 millones de dólares en inversiones y apoyo financiero a Turquía, especialmente durante momentos de inestabilidad económica.

Más allá de lo económico, la alianza se ha traducido en una agenda política común. Ambos países apoyaron a gobiernos islamistas surgidos de las Primaveras Árabes, como el de Mohamed Morsi en Egipto, y han respaldado a facciones afines en conflictos como Libia o Siria. Esta alineación ha sido vista con recelo por el bloque saudí-emiratí, que teme que el éxito de estos modelos políticos debilite su hegemonía regional y alimente movimientos opositores dentro de sus propias fronteras.

Las diferencias ideológicas entre ambos bloques son estructurales. Mientras Qatar y Turquía promueven una integración del islam en la política —no necesariamente democrática en términos occidentales, pero sí movilizadora y legitimada por las urnas—, Arabia Saudita y Emiratos optan por una despolitización activa del islam. Estos últimos han reprimido con dureza a los Hermanos Musulmanes, a los que consideran una amenaza existencial, y han apostado por un islam “domesticado”, útil para reforzar la autoridad del Estado, pero desvinculado de la movilización social.

Aunque el bloqueo a Qatar terminó oficialmente en 2021 con el acuerdo de Al-Ula, las fricciones persisten bajo la superficie. Las alianzas no han cambiado sustancialmente. Turquía y Qatar continúan operando como un eje de influencia alternativo en el mundo árabe suní, desafiando el monopolio saudí sobre la legitimidad islámica. En este tablero, lo religioso, lo político y lo estratégico están profundamente entrelazados, y ningún bloque parece dispuesto a ceder terreno.

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