En los últimos días, Donald Trump ha intensificado su guerra comercial, no ya contra uno o dos países, sino prácticamente contra todo el mundo. Aunque algunos veían sus amenazas arancelarias como una mera estrategia negociadora, lo cierto es que sus decisiones están empezando a generar consecuencias profundas. Incluso si el presidente estadounidense decidiera dar marcha atrás, muchos analistas coinciden en que ya es demasiado tarde.
Mientras algunos en su entorno, como Stephen Miran, califican estas medidas como una jugada maestra, la realidad es que pocos países están dispuestos a ceder ante las presiones de Washington. De hecho, cada nuevo arancel desencadena una nueva represalia, y entre todas ellas, una destaca por su posible impacto geopolítico: un incipiente acercamiento entre China, Corea del Sur y Japón, tres países históricamente enfrentados que ahora parecen estar encontrando un terreno común frente a un enemigo compartido.
China, Japón y Corea del Sur no han tenido precisamente relaciones cordiales. Las heridas de la Segunda Guerra Mundial siguen presentes, y los conflictos territoriales o históricos no han desaparecido. Sin embargo, el endurecimiento comercial de Estados Unidos está forzando una dinámica diferente. Por primera vez en cinco años, los tres países se han sentado a dialogar sobre temas económicos, lo que ha desatado especulaciones sobre una posible alianza más estable entre ellos.
El contexto económico lo justifica. Japón es el mayor tenedor extranjero de deuda estadounidense, y China el segundo. Una coordinación entre ambos tendría el potencial de afectar seriamente a las finanzas de EE.UU. Pero el verdadero punto débil de Washington no está solo en la deuda, sino en la tecnología crítica, particularmente en los semiconductores. Tras las restricciones impuestas por Biden a la exportación de microchips avanzados a China, el país asiático ha redoblado su apuesta por conseguir acceso a maquinaria de fabricación, gran parte de la cual proviene de Japón. A su vez, Corea del Sur, con empresas como Samsung, sigue siendo un proveedor crucial de chips. Esto crea un fuerte incentivo para que China refuerce sus lazos con ambos vecinos.
A pesar de las tensiones existentes, como las restricciones chinas al marisco japonés por motivos supuestamente sanitarios (relacionados con el vertido de agua de Fukushima), la necesidad de cooperación parece imponerse. Japón y China ya discuten la posible relajación de estas medidas, lo que sugiere que los gestos simbólicos también se están alineando con la lógica económica.
Desde un punto de vista comercial, Estados Unidos sigue siendo el principal destino de las exportaciones chinas, pero su peso relativo ha caído. En 2018 representaba el 19,2% del total; hoy, apenas un 14,7%. Paralelamente, las exportaciones hacia otros países asiáticos como Vietnam han crecido de forma notable, lo que refleja un cambio estratégico en la política comercial china. A medida que empresas chinas trasladan parte de su producción a países con menores costes laborales, también buscan fortalecer esos nuevos mercados domésticos, que podrían sustituir parcialmente el rol de EE.UU.
Corea del Sur y Japón, por su parte, también están viendo cómo sus sectores clave, como el automovilístico, son golpeados por los nuevos aranceles de Trump. Ambos países dependen en gran medida del mercado estadounidense, por lo que no es casualidad que también busquen alternativas. Además, no es la primera fricción con Washington. El reciente veto a la compra de US Steel por parte de Nippon Steel —bajo pretextos de seguridad nacional— fue recibido como una afrenta directa por Tokio.
El problema es que tanto Corea como Japón atraviesan momentos económicos complejos. La inflación en Japón, tradicionalmente muy baja, ha obligado a subir tipos de interés por primera vez en más de una década. Corea del Sur, por su parte, ha tenido que lanzar ayudas a su industria automotriz en medio de una crisis política por el intento de golpe de Estado del primer ministro. En ambos casos, la incertidumbre generada por Trump está limitando las respuestas de política económica.
Así, la posible alianza entre China, Japón y Corea del Sur empieza a cobrar forma, no tanto como una respuesta ideológica sino como una necesidad práctica. El principal obstáculo sigue siendo la historia. Las relaciones entre Tokio y Seúl están marcadas por décadas de desconfianza, aunque las nuevas generaciones muestran actitudes más abiertas. La cooperación sigue siendo difícil, pero no imposible.
Existe ya una estructura que podría servir como base para una integración mayor: el RCEP, el acuerdo de libre comercio más grande del mundo, que une a 15 países de Asia-Pacífico y elimina progresivamente los aranceles entre ellos. Aunque sus beneficios plenos tardarán años en materializarse, este tratado puede ser el germen de una mayor cooperación regional. Incluso se ha planteado la idea de fusionarlo con el CPTPP, del que EE.UU. se retiró, para formar un bloque comercial aún más amplio e inclusivo.
En este nuevo escenario, la pregunta ya no es si los países asiáticos querrán depender menos de EE.UU., sino si podrán permitírselo. El dólar sigue siendo hegemónico, y ningún otro país tiene la capacidad de absorción de demanda que ofrece el mercado estadounidense. Aun así, frente a las políticas agresivas de Trump, el mundo empieza a buscar alternativas. Y aunque todavía estamos lejos de un bloque antiestadounidense cohesionado, las primeras grietas en la arquitectura global dominada por EE.UU. ya están apareciendo.
¿Quieres entender cómo los cambios en Asia pueden impactar tus mercados clave o tu estrategia internacional?
En Horizon Trade Dynamics analizamos las transformaciones geopolíticas que reconfiguran el comercio global. Escríbenos a info@horizontradedynamics.com o agenda una reunión con nuestro equipo.
Te ayudamos a anticiparte, no a reaccionar.