El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha venido acompañado de una fuerte vuelta al proteccionismo comercial, como lo demuestra su decisión de reinstaurar aranceles del 25% a las importaciones de acero y aluminio procedentes de países como la Unión Europea, Argentina, México, Canadá y Reino Unido. Estas tarifas ya se habían aplicado durante su primer mandato, pero el presidente Joe Biden las había suspendido para varios países mediante exenciones. Ahora, Trump las reimpone casi en su totalidad, con la única excepción de Australia, argumentando que EE.UU. mantiene un superávit comercial con este país, mientras que tiene déficits con todos los demás.
Aunque algunos defienden que los aranceles son solo una herramienta de negociación para lograr acuerdos más favorables para EE.UU., en este caso es claro que se trata de una medida abiertamente proteccionista. Trump justifica los aranceles en función del déficit comercial bilateral, lo que revela una visión mercantilista de la economía. Esta lógica ignora que no es viable, ni necesario, mantener un superávit comercial con cada país individual, y que el comercio internacional no es una competición de suma cero, sino una fuente de beneficios mutuos.
Las consecuencias económicas de estos aranceles son perjudiciales principalmente para las propias empresas estadounidenses que utilizan acero y aluminio como insumos productivos. Estas empresas, que no son pocas —más de 12 millones de trabajadores dependen de ellas, incluyendo 2 millones en industrias altamente intensivas en acero y aluminio—, verán aumentar sus costos. Esto se traduce en menor competitividad tanto en el mercado doméstico como en el exterior. Por ejemplo, la industria automotriz estadounidense, que depende fuertemente del acero, sufrirá mayores costes y perderá competitividad frente a automóviles extranjeros más baratos, a menos que Trump también eleve los aranceles sobre los coches importados, lo que implicaría un nuevo golpe al consumidor.
Ya se conocen los efectos concretos de estas políticas durante su primer mandato: aunque se ganaron unos 5.000 empleos en las industrias de acero y aluminio, se perdieron o dejaron de crearse hasta 75.000 empleos en sectores consumidores de esos materiales, según datos de la Reserva Federal. El resultado neto fue una destrucción de empleo industrial y un empobrecimiento de las industrias más eficientes en favor de un puñado de sectores no competitivos que solo sobreviven gracias a la protección estatal.
Así, la decisión de Trump de restablecer estos aranceles ilustra que su enfoque comercial sigue estando fuertemente influenciado por una visión proteccionista que perjudica a la economía estadounidense en su conjunto, encarece los productos, reduce el empleo neto y limita la competitividad internacional.
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